El protestantismo en el siglo XXI: Una fe liberadora

Texto íntegro de la conferencia

Introducción. Buenas tardes, me gustaría comenzar agradeciendo a Armando Lozano esta invitación y a todos los presentes la oportunidad que me ofrecéis de reflexionar sobre mi identidad protestante.

Y empiezo mi reflexión enunciando dos tesis:

Primera tesis. Lutero: “El hombre por naturaleza no quiere que Dios sea; el hombre por naturaleza, quiere ser Dios”.

Segunda tesis. Rumi: “El corazón tiembla ante el amor, como si sintiera la amenaza de su fin. Porque allí donde despierta el amor; muere el yo, ese oscuro déspota”.

Estas dos tesis enmarcan la primera parte de mi reflexión, en la que presento, de un modo muy general, el marco histórico y teórico del protestantismo y del siglo XXI, de ahí que lo haga  enunciando tesis que exigirían una fundamentación y un desarrollo, que como es obvio, no se pueden llevar a cabo en una conferencia.

Primera tesis. El hombre por naturaleza no quiere que Dios sea; el hombre por naturaleza quiere ser Dios.

Siguientes tesis, que son un desarrollo de la primera:

  • Cuando hablo de naturaleza, hablo de la condición histórica y cultural del hombre.
  • Cuando hablo de Dios, hablo del “Poder que todo lo determina”.

Teniendo esto en cuenta, diríamos: el hombre, por naturaleza, quiere ser, tener y participar, del poder que todo lo determina.

No creo que me equivoque si, partiendo de estas tesis acerca de la naturaleza humana, digo que la historia humana puede ser contemplada como una lucha sin cuartel por “el poder que todo lo determina”: una historia de violencias, de opresiones, de esclavitudes, de crímenes.

Desde que el hombre es hombre, el hombre mata a su hermano, Caín mata a Abel, y si miramos nuestra historia más reciente, el siglo XX ha sido el siglo más sangriento de la historia de la humanidad, y la sangría continúa en este siglo XXI.

Por naturaleza histórica y cultural, diría Lutero, el hombre es pecador; es decir, y traduzco yo a Lutero a nuestros días, construye un mundo de violencias, de opresiones, de injusticia y de muerte.

Y cuando digo esto, tengo en mente imágenes de cadáveres en las playas del Mediterráneo, imágenes de refugiados en campos de concentración de emigrantes en las islas griegas, imágenes de seres humanos muriendo de hambre en África… No creo que sea necesario añadir más imágenes.

Pues bien, yo me pregunto: ¿Hay algún modo de pasar de Lutero a Rumi? ¿Hay algún puente que nos permita pasar del mundo de muerte que construye un hombre que quiere ser “dios” a un mundo de vida en el amor?, ¿es posible pasar del deseo de omnipotencia del ser humano, que construye mundos de violencia y muerte, al mundo de la fraternidad, de la libertad y de la justicia, al mundo del amor del que nos habla la cita de Rumi?

Y yo mismo me respondo: “Sí, a través de la muerte”.

Pero no la muerte del otro, sino la muerte propia. Es la paradoja de la vida y de la muerte, que el yo del poder, está dispuesto a matar al otro, y el yo del amor, está dispuesto a morir por el otro.

Rumi: “El corazón tiembla ante el amor, como si sintiera la amenaza de su fin. Porque allí donde despierta el amor; muere el yo, ese oscuro déspota”.

Es la paradoja de la vida humana, que la vida en plenitud sólo se alcanza a través de la muerte del yo.

Esta paradoja de la vida humana, que nos presenta la cita de Rumi, creo que es llevada a su máxima expresión en la muerte de Jesús de Nazaret, que está dispuesto a morir por amor a todos los seres humanos, incluso a aquellos que le asesinan; para que todos, sin excepción, puedan vivir en plenitud, también aquellos que le matan.

El hombre, por naturaleza, quiere ser Dios, quiere tener el poder de determinarlo todo, y desde esa base, solo puede construir un mundo de amigos y enemigos; y al enemigo, ni agua, al enemigo se le mata.

Es lo que ilustra, de manera paradigmática, la película de Amenábar, “Mientras dure la guerra”, a propósito de la muerte del pastor protestante amigo de Miguel de Unamuno, que cuando éste le dice a Franco que es un buen hombre, Franco le responde que eso no importa, lo que cuenta es ser buen español, católico y de derechas, y si no lo eres, no tienes derecho a vivir en la España genocida que empezó a construir el dictador con la guerra civil española.

Esta ha sido, y sigue siendo, por desgracia, la constante del ser humano en la historia, querer ser Dios, y construir mundos de amigos y enemigos, y por lo tanto, mundos de injusticia y muerte.

Demos un paso más, en dirección a la tesis de Rumi.

Martin Luther King: “La única fuerza capaz de convertir a un enemigo en amigo, es el amor”.

La única fuerza capaz de superar esos mundos de amigos y enemigos que los hombres creamos en la historia, es el amor; tal y como nos dice Rumi, Martín Luther King o la vida y muerte de Jesús de Nazaret.

Yo creo que Jesús de Nazaret ha llevado hasta extremos inimaginables para la razón humana, lo que significa amar, revelando así, cuál es el verdadero poder que todo lo determina.

El único poder capaz de crear un mundo de libertad y de justicia, es el poder del amor; el único poder capaz de crear un mundo de igualdad y de solidaridad, es el poder del amor; el único poder capaz de crear comunión y unidad entre los seres humanos es el poder del amor.

Y así llegamos a lo que es la tesis final de esta introducción, en la que pretendo resumir lo expuesto hasta aquí. Tesis final que es una definición del cristianismo.

Para mí el cristianismo se podría resumir en la siguiente afirmación: “amar este mundo de muerte, hasta el punto de dar la vida por él”.

Esta es la paradoja del Dios que anuncia Jesús de Nazaret, la de un Dios que ama tanto a la humanidad, que se da totalmente a sí mismo a la humanidad, para que la humanidad viva.

En vez de pedir sacrificios a la humanidad, que es lo que en general piden las religiones, el cristianismo anuncia a un Dios que se sacrifica a sí mismo para que los seres humanos vivan; porque el único poder de cambiar a un enemigo de Dios y de los hombres, en amigo, es el poder del amor.

Esta es la revolución religiosa que puso en marcha Jesús de Nazaret con su vida y con su muerte, una revolución, que yo pienso, que aún no ha dado sus mejores frutos en la historia, pues posiblemente sus discípulos, no hayamos querido beber hasta las heces el cáliz que él bebió: amar este mundo de muerte, hasta el punto de dar la vida por él.

Y es que el cristianismo no busca que el ser humano sea religioso, lo que busca es que sea humano, y que construya mundos humanos.

El Dios de Jesús no busca que el hombre sea religioso, es decir, que observe una serie de ritos y sacrificios, ayunos y oraciones, etc., destinados a hacer partícipe al que así actúa, del poder de Dios.

El Dios de Jesús es don infinito de sí mismo a todas sus criaturas, y lo único que quiere es que los seres humanos seamos como Él, que seamos don infinito de nosotros mismos a los demás, hasta el punto de dar nuestra vida por ellos. Eso es lo que hizo Jesús, y por eso acabó en la cruz, mostrando hasta en su muerte, que todo él, era donación total de sí mismo a los demás.

Pues bien, creo que lo esencial del protestantismo está en intentar recuperar esta raíz del cristianismo, que revoluciona la manera de entender las relaciones del hombre con Dios y con los demás seres humanos.

Y para presentaros el protestantismo, dejadme citar a un gran teólogo protestante que ha reflexionado como nadie acerca de la esencia del mismo: Paul Tillich.

En su libro titulado “La era protestante” nos dice:

“La contribución más importante del protestantismo al mundo, tanto en el pasado como en el presente y en el futuro, es el principio de la protesta profética contra todo poder que reclame para sí un carácter divino, así sea iglesia o estado, partido o líder”.

Por eso, añade:

“El protestantismo es entendido como una encarnación histórica especial de un principio universalmente significativo. Este principio, en el cual se expresa una de las fases de la relación entre lo divino y lo humano, tiene vigencia en todos los periodos de la historia; aparece en las grandes religiones de la humanidad; fue proclamado vigorosamente por los profetas judíos; se pone de manifiesto en la imagen de Jesús como el Cristo; fue redescubierto una y otra vez en la vida de la iglesia e instaurado como único fundamento de las iglesias de la Reforma; y desafiará a estas iglesias cada vez que abandonen este principio fundamental”.

No tienen las iglesias protestantes el monopolio del principio protestante, es más, Tillich pensaba que estaba siendo olvidado por las mismas. Pero vayamos a lo esencial.

Paul Tillich señala la razón principal de esta actitud profética, nos dice:

“El protestantismo niega el principio de separación entre la esfera sagrada y la profana. Como para él sólo Dios es sagrado en sí mismo, como ninguna iglesia, ninguna doctrina, ningún santo, ninguna institución y ningún rito es sagrado en sí mismo, todo hombre, todo objeto, todo grupo será en sí mismo profano y sagrado en la medida en que pueda transformarse en símbolo de la santidad de Dios”.

Para el cristianismo, para el protestantismo, sólo el Amor, con mayúsculas, es sagrado, y todo lo que participe de ese Amor con mayúsculas, es sagrado. Creo que Rumi no se sentiría a disgusto con esta afirmación, es más, creo que diría lo mismo desde su fe musulmana.

Pues bien, como os decía antes, creo que el cristianismo no busca que el hombre sea religioso, busca que sea humano, que ame y sea amado, que sea justo, que sea libre, que sea solidario, que viva en plenitud…

Y hasta aquí mi presentación del marco histórico y teórico en el que sitúo mi reflexión sobre el protestantismo, ya que ahora me gustaría presentaros lo que yo entiendo debe ser la esencia y la práctica del protestantismo en el siglo XXI, para que éste sea una fe liberadora.

He de confesaros que esta reflexión sobre la esencia y la práctica del protestantismo que voy a compartir esta tarde, es una especie de resumen de dos estudios que realicé en el año 2017 en mi iglesia, la Iglesia Evangélica Española, a propósito de la conmemoración de los 500 años de la Reforma protestante.

Pues bien, decía yo a mis hermanos protestantes, que hoy en día, en una situación de la iglesia y de la sociedad tan diferentes a las que conoció Lutero en el siglo XVI, el protestantismo está llamado a ser una fe liberadora, está llamado a continuar la renovación evangélica de la iglesia y de la sociedad comenzada hace 500 años,  está llamado a hacer presente, también en pleno siglo XXI, una fe capaz de liberar a nuestra iglesia y a nuestra sociedad, de los poderes de muerte que las asedian y las oprimen.

Pues bien, dediqué mi primer estudio a analizar la esencia del protestantismo; que yo resumí de la siguiente manera: la esencia del protestantismo la constituye una experiencia de liberación que engendra una nueva forma de vida: la vida en el Amor, con mayúsculas, hecha historia en la persona de Jesús de Nazaret.

Desde mi punto de vista, la esencia del protestantismo se podría resumir en estos dos puntos: 1. Una experiencia de liberación que, 2. Engendra una nueva forma de vivir.

1) Una experiencia de liberación

Tradicionalmente, el cristianismo habla de liberación del pecado. Ahora bien, no es fácil traducir a nuestros días el concepto de pecado, un concepto omnipresente en la historia del cristianismo y un concepto con interpretaciones muy diversas, hasta el punto de su banalización, hoy, en nuestra sociedad; y por lo tanto, hasta el punto de que se haya vuelto inservible para anunciar a nuestra sociedad de qué nos libera Jesucristo.

Les decía yo a mis hermanos protestantes, que quizás la experiencia personal de Lutero nos puede proporcionar un camino para hacerlo.

La experiencia personal de Lutero, una experiencia que él cree universal y válida para todo ser humano, es la liberación de una existencia alienada, incapaz de verdad, de justicia, de amor; una existencia incapaz de amar al prójimo como a sí mismo y a Dios sobre todas las cosas; una existencia que por el temor a la muerte, como dice Heb 2,15, vive constantemente en esclavitud.

Esclavitud de los poderes desintegradores de la existencia, diría yo hoy; esclavitud de los poderes desintegradores de la sociedad, desintegradores de la justicia, de la libertad, de la fraternidad. A todos estos poderes los califica la Biblia como poderes de muerte, como poderes que no son sino la manifestación del poder del pecado que produce muerte.

Este creo yo, es el sentido primigenio de pecado en la Biblia: es aquello que produce muerte; y de manera extraordinaria, pecado en la Biblia es aquello que produjo la muerte del Hijo de Dios; por lo tanto, pecado sigue siendo hoy, en nuestro tiempo y en nuestra sociedad, aquello que produce  la muerte de los hijos de Dios, es decir, de sus criaturas: cadáveres en el Mediterráneo, en los desiertos… ¿recordáis lo que comentaba al principio?

¿Y cómo nos libera Dios de estos poderes alienantes que nos esclavizan y nos matan?

A través del perdón y del amor; pues según la Biblia, el mal radical que nos aliena no es sino nuestro desesperante esfuerzo por autojustificarnos, por constituirnos a nosotros mismos en fundamento de nuestra existencia, en fundamento de nuestras relaciones, de nuestra vida.

Solo aquél que es liberado, por el amor de Dios manifestado en su Hijo Jesucristo, de los poderes de muerte que alienan sus relaciones consigo mismo, con los demás, con la naturaleza, con Dios; será capaz de amarse a sí mismo y amar a los demás, tal y como Dios le ama, es decir, tal y como Jesús de Nazaret amó a sus semejantes.

Para que este concepto de liberación fuese recordado mejor, me atreví a escribir una variación de la parábola del hijo pródigo que encontramos en el evangelio de Lucas; parábola en la que Jesús resume su comprensión de Dios y de su acción liberadora en la historia.

Y como estoy convencido que a lo largo de la historia se ha tergiversado el concepto de salvación de Dios que predicaba Jesús, intenté yo con esta variación de la parábola, recuperar su sentido originario. Dice así mi actualización de la parábola del hijo pródigo:

En la conocida parábola del “hijo pródigo”, una vez que el hijo menor ha recibido la herencia de su padre, éste deja Palestina y se embarca hacia Tartesos (Cádiz) en una nave fenicia. Y cuando llega a  tierras ibéricas, en vez de dilapidar su fortuna, la invierte y se convierte en un rico comerciante y terrateniente.

Ahora bien, hay que decir que para acumular tanto poder y riqueza, ha actuado sin ningún escrúpulo moral, sin ningún límite ni control, siendo el engaño y el abuso sus métodos más usados, incluso recurriendo al asesinato furtivo de sus adversarios, si lo consideraba necesario. Se convirtió así en un verdadero “hijo pródigo-tirano”, sin ningún respeto por la justicia y la vida de sus semejantes.

Pasaron los años, y cuando estas noticias llegan a su padre, en Palestina, éste envía, al que en ese momento es su hijo menor, para que intente hacerle ver a su hermano emigrante, la situación de “muerte en vida” en la que ha caído.

Pero cuando llega a la península ibérica y quiere hablar con su hermano, éste no solo no lo recibe, sino que cuando ve que el recién llegado se pone de parte de las víctimas que ha ido creando, y que éstas empiezan a tomar conciencia de sus derechos, consigue con acusaciones falsas que lo juzguen y lo condenen a muerte.

Ante el patíbulo, el hijo menor ha dejado a su verdugo una carta para su hermano, de la cual ignora su contenido. Pues bien, el verdugo hace entrega de esa carta. Y cuando el hermano la abre, y reconoce la letra y firma de su padre, se da cuenta del enorme crimen que ha cometido: ha asesinado a su propio hermano.

Pero lo que de verdad le hace recapacitar, y dar un giro radical a su vida, es el contenido de la carta que tiene entre sus manos. Le dice así su padre:

“Querido hijo, habiéndome llegado noticias del tipo de vida que llevas, sin temor de Dios ni respeto alguno por la justicia y la vida de tus semejantes, he acordado con mi hijo menor, – y en todo hemos estado de acuerdo–, en enviarlo a tu encuentro con la intención de hacerte recapacitar y que reconozcas el estado de “muerte en vida” en que te encuentras.

Y como nosotros creemos que la vida solo es posible gracias a la verdad, la justicia y la misericordia, me temo que si estás leyendo esta carta es porque en tu injusticia y tiranía has llegado al extremo de asesinar a tu propio hermano.

Con gran dolor de mi corazón debo decirte que me pidió que te perdonara de su parte, y que esperaba que al menos su muerte diera frutos de vida para ti. Me pidió que te comunicara que es consciente de los lazos de muerte en que has caído; y que no te condena, al contrario, que te perdona, que solo quiere tu bien, y que espera que al menos la entrega de su vida por amor a ti, te haga tomar conciencia de la tiranía de ambición, egoísmo y muerte en la que te encuentras.

Tampoco yo te condeno, hijo mío; también yo te perdono, y espero que mi amor y mi misericordia den fruto abundante de vida para ti, y para todos los que te rodean. Espero que la muerte de tu hermano, por tus pecados, -porque han sido tus pecados los que le han matado, y porque él ha muerto para liberarte de tus pecados-, se convierta en la resurrección de tu vida y en la resurrección de tu casa”.

Ante una muestra de amor tan extremo, ante una muestra de misericordia y perdón tan extraordinarios, éste hombre dio un giro radical a su vida y se convirtió en un hombre nuevo, que comenzó a vivir una nueva vida, una vida que estuvo sostenida e impulsada, desde entonces, tan solo por el perdón, el amor y la misericordia de su hermano y de su padre.

La esencia del cristianismo: amar este mundo de muerte, hasta el punto de dar la vida por él.

Primera característica de la esencia del protestantismo: Una experiencia de liberación, que hace vivir de una manera nueva, con la conciencia de dignidad de un “hijo de Dios”.

2) Una vida nueva: la vida de “hijos de Dios”.

Una vida nueva, con una nueva conciencia de dignidad, que no es otra que la de saberse “hijos de Dios”, saberse miembros  de la familia de Dios; pues a los asesinos de sus hijos, Dios los declara y los hace hijos suyos, a través de su perdón y de su amor.

Con la intención de que mis hermanos protestantes recordaran la idea central de mi estudio, les propuse un título un tanto chocante para este primer estudio sobre la esencia del protestantismo: “La revolución protestante: todos papas”.

Y les decía que este título me lo sugirió una idea que leí en un estudio sobre las similitudes y diferencias que hay entre la revolución inglesa y la revolución francesa.

Pues bien, teniendo en cuenta esa idea, y aplicándola a la reforma protestante, yo decía  que la revolución protestante tiene un parecido con la revolución inglesa, que declaró “nobles” a todos los súbditos; a diferencia de la revolución francesa, que eliminó la “nobleza”.

Como veis, en una situación de desigualdad, una revolución puede llevarse a cabo, o bien igualando por arriba, es decir, declarando “nobles” a todos los súbditos; o bien igualando por abajo, es decir, eliminando la “nobleza” y quedando todos en la condición de súbditos.

Yo creo que lo extraordinario de la revolución protestante es que, en una situación de extrema desigualdad, como era la que había en la iglesia y la sociedad feudal del siglo XVI, Lutero superó esa desigualdad, atribuyéndoles a todos los cristianos la dignidad de “papas”; de ahí el título de mi estudio: “La revolución protestante: “todos papas”. Y me explico.

Como sabéis, una de las ideas centrales de la reforma protestante es “el sacerdocio universal de todos los cristianos”; pues bien, es en el escrito de Lutero, titulado “A la nobleza cristiana de la nación alemana acerca de la reforma de la condición cristiana”, donde se formula con suma claridad esta idea.

En él nos presenta Lutero las reformas que hay que llevar a cabo, para que la condición cristiana, tanto del creyente como de la iglesia, se renueve según el evangelio de Jesucristo.

Lutero habla en este escrito de tres murallas, detrás de las cuales la iglesia de Roma se protege impidiendo que se lleven a cabo reformas. Es por ello que Lutero pretende derribar esas tres murallas exhortando a la nobleza alemana a iniciar y llevar adelante esas reformas.

Las tres murallas con las que se protege la iglesia de Roma son estas: “La superioridad del poder eclesiástico; “el monopolio en la interpretación de la Escritura”, y “la supremacía del papa sobre el concilio”.

Pues bien, para derribar la primera muralla, dice Lutero que en la iglesia no hay dignidades diferentes, que todos los cristianos tienen la misma dignidad, que desde el papa hasta el último de los miembros de la iglesia, pasando por obispos,  curas, monjes, etc., todos tienen la misma consagración, todos tienen el mismo rango sagrado: todos son “linaje escogido, sacerdocio real, nación consagrada” (1 Pedro 2,9)

Y cito literalmente a Lutero:

“todos los cristianos pertenecen en verdad al mismo orden y no hay entre ellos ninguna diferencia, excepto la del cargo… esto resulta del hecho de que tenemos un solo bautismo, un solo Evangelio, una sola fe y somos cristianos iguales, pues el bautismo, el Evangelio y la fe son los únicos que convierten a los hombres en eclesiásticos y cristianos”, y añade: “por ello, todos nosotros somos ordenados sacerdotes por el bautismo”.

El sacramento del orden que estructura la iglesia católico-romana, no es aceptable, dice Lutero, porque establece diferencias entre los creyentes; por lo tanto, la diferencia entre sacerdotes y laicos, debe ser eliminada; y la iglesia de Jesucristo debe reconocer que no hay en ella jerarquías sagradas, ni diferentes órdenes de santidad.

Por eso es que, continúa diciendo Lutero en un párrafo que encontramos un poco después, y en el que me apoyo para darle ese título “chocante” a mi estudio:

“Pues quien ha salido del bautismo, puede gloriarse de estar consagrado sacerdote, obispo y papa, aunque no corresponda a cualquiera desempeñar tal cargo. Y ya que todos nosotros somos igualmente sacerdotes, nadie debe darse importancia y atreverse a desempeñar tal cargo sin nuestro consentimiento y nuestra elección, pues todos tenemos igual poder; lo que es común nadie puede tomarlo por sí mismo sin la voluntad y el mandato de la comunidad”.

Nos dice Lutero que dentro de la iglesia de Jesucristo solo hay un orden sagrado, al cual es introducido todo creyente por el bautismo; por lo tanto, todos los creyentes pueden gloriarse de “salir del bautismo consagrados sacerdotes, obispos y papas”.

Yo creo que la revolución protestante siembra las semillas que hacen saltar por los aires la estructura jerárquica de la iglesia y de la sociedad del siglo XVI; pues quien tiene el derecho de elegir a los cargos de gobierno de su iglesia, ¿cómo no va a tenerlo de elegir a los cargos de gobierno de su sociedad?

Y es que ni unos ni otros lo son por “derecho divino”, tal y como se pensaba en aquellos tiempos. En esto se basan muchos historiadores para decir que en el origen de las democracias modernas está la reforma protestante. Es obvio que éste no es el tema de mi reflexión en esta tarde, sino que lo es la esencia del protestantismo, y a él vuelvo.

Y vuelvo subrayando la tremenda importancia que tiene el hecho de que las iglesias protestantes hayan desclericalizado sus iglesias, ya en el siglo XVI.

Lo que dice Lutero no es algo simbólico, es algo real, en las iglesias protestantes no hay diferencias religiosas entre sus miembros, es decir, se elimina la diferencia entre religiosos y laicos, pues todos son religiosos. Tan religioso es el obrero en su trabajo como el monje en su monasterio; tan religioso es el sacerdote en su parroquia como el médico o el fontanero en su puesto de trabajo.

Recordáis lo que decía Paul Tillich sobre el protestantismo, que recupera la raíz del cristianismo, que dice que todo en esta vida es sagrado y profano al mismo tiempo, y que a través de su participación en la santidad del amor de Dios, se convierte en sagrado.

Esto se realiza de manera radical en las iglesias protestantes del siglo XVI, que eliminan la diferencia entre religiosos y laicos, no suprimiendo “la nobleza” religiosa de la iglesia católica, sino “elevando” a la dignidad de “sacerdotes, obispos y papas” a todos los laicos de sus iglesias.

Y es que, tal y como os decía antes, lo que nos permite denominar a todo miembro de la iglesia “sacerdote, obispo y papa”, no es ni más ni menos que una experiencia de liberación tal, que transforma a un hombre sin “dignidad”, en un hombre con “dignidad”: en un “hijo de Dios”.

Todos los miembros de la iglesia de Jesucristo, nos sabemos “sacerdotes, obispos y papas”, porque nos reconocemos hijos de Dios. Todos los miembros de la iglesia de Jesucristo, nos sabemos “sacerdotes, obispos y papas”, por la gracia de Dios; es decir, porque el amor de Dios,   manifestado en su hijo Jesucristo, ha hecho de nosotros personas nuevas que viven un tipo nuevo de vida: la vida de hijos de Dios.

La dignidad de todos los creyentes, es la dignidad de un hijo de Dios, y todo esto gracias a una experiencia de liberación, que está en el centro de la fe cristiana, y cuyo redescubrimiento supuso el inicio de la reforma protestante.

Un conciencia de dignidad que, como vengo diciendo, no es otra que la de saberse “hijo de Dios”; saberse, como miembro de la iglesia de Dios, consagrado por el bautismo “sacerdote, obispo y papa”.

Y es que no es lo mismo ir por la vida como “papa” que como “monaguillo”; no es lo mismo ir por la vida como “ciudadano” que como “emigrante”; no es lo mismo ir por la vida “con derechos”, reconocidos y protegidos socialmente, que “sin derechos”, sin nadie que te reconozca ni te proteja.

Y Lutero, porque reconoce en todo creyente a un “hijo de Dios”, en todo miembro de la iglesia a un “sacerdote, obispo y papa”, les da a todos una conciencia de dignidad tal, que les hace ir por la vida sabiéndose responsables de sí mismos y responsables de su vida eclesial y social.

Yo pienso que éste es un rasgo determinante de la fe protestante, un rasgo que ha pasado a formar parte del ADN de la fe cristiana de todo protestante.

Es por todo ello que pasa Lutero a derribar la segunda muralla con la que, según él, se protege la iglesia de Roma; y lo hace poniendo la Biblia en manos de todos los creyentes. No es el poder eclesiástico, no son los obispos ni el papa, los dueños de la Escritura; no son ellos los que la interpretan y les dicen a los demás cómo se debe creer y cómo se debe vivir; no.

Es cada creyente el que tiene la responsabilidad de establecer una relación directa con su Padre, y buscar su voluntad y obedecerle; ¿cómo? “A través de la escucha fiel de su Palabra”; y todo esto, en un contexto comunitario de fraternidad.

No ignora este hecho Lutero, al contrario, lo subraya diciendo que el Espíritu de Dios reparte dones a todos los miembros de la iglesia, los cuales deben ponerse al servicio de la comunidad. Ahora bien, esto ha de llevarse a cabo sin menoscabo alguno de la radical igualdad que define a la iglesia de Jesucristo; una iglesia de hermanos donde no hay nadie que pueda situarse por encima de los demás.

De ahí que termine su escrito Lutero intentado derribar la tercera muralla con la que se protegen “los romanistas”, dice Lutero, (es evidente que eran otros tiempos), y diga que el papa no está por encima de la iglesia, es decir del concilio; pues en la iglesia de Jesucristo, el Concilio es el ámbito supremo de toma de decisiones.

La esencia del protestantismo: una experiencia de liberación que engendra una conciencia de dignidad, que nos lleva a vivir como hijos de Dios, en comunión con nuestro hermano mayor, Jesucristo, con su mismo Espíritu y con sus misma meta: el reino de vida de Dios para todos los seres humanos.

Este es el desafío que yo presentaba a mis hermanos protestantes en 2017, en el que conmemoramos los 500 años del inicio de la reforma, en la primera parte de mi estudio.

Un desafío que se concretaba en la segunda parte, a la que también di un título “chocante”: “La revolución protestante: todos siervos”. En esta segunda parte analizo la práctica del protestantismo en el siglo XXI; y con una breve presentación de la misma, concluiré mi reflexión en esta tarde.

También para esta parte animé a leer un breve escrito de Lutero, titulado: “La libertad cristiana”. Un escrito que apenas ocupa 10 páginas, pero de un gran valor teológico. Comienza así:

“Para que conozcamos a fondo lo que es un cristiano y la forma en que tiene que actuar en relación con la libertad que Cristo le ha conquistado y donado -y de la que tanto habla el apóstol Pablo-, comenzaré por establecer estas dos afirmaciones:

– el cristiano es libre, señor de todo y no sometido a nadie;

– el cristiano es siervo, al servicio de todo y a todos sometido.

Estas dos afirmaciones son claramente paulinas. Dice el apóstol en el capítulo 9 de la 1ª carta a los Corintios: «Soy libre en todo y de todos me he hecho esclavo». Y en Romanos capítulo 13: «No tengáis deudas con nadie, a no ser la del amor mutuo». Ahora bien, el amor es siervo de aquel a quien ama, y a él se halla sometido”.

Así comienza Lutero este breve escrito. Extraordinario, ¿no? Pues bien, este escrito está dividido en dos partes; en la primera se nos dice que el cristiano es libre y señor de todo, por la fe; y en la segunda, que el cristiano es siervo y al servicio de todos, por amor.

La fe hace de nosotros, los cristianos, personas libres, con dignidad, con la dignidad de “un hijo de Dios”. Todo cristiano tiene la dignidad de un “papa”, decía yo en la primera parte de mi estudio.

Pues bien, en esta segunda hemos de afirmar, con la misma radicalidad, que el amor hace de nosotros, los cristianos, “siervos”; es decir, personas “al servicio” de la vida de todos los seres humanos, y de manera especial, de los más desfavorecidos y necesitados.

Y es que el amor envuelve la vida entera del cristiano y está en la raíz, en el fundamento y en la meta de su existir.

Si el cristiano se sabe libre, lo sabe porque el amor le ha liberado. Y el saberse amado cuando no era digno de ser amado, cuando era un “hijo pródigo”, le ha transformado de tal modo, que sabe que la dignidad con la que vive es una dignidad hija del amor; y su fe, tiene por principal contenido, el amor que le ha hecho digno: “nosotros somos los que hemos creído en el amor que Dios nos tiene” (1Jn 4,16).

Y esa fe en el amor, le lleva a vivir en el amor, y por lo tanto, a poder hacerse siervo de los demás, sin sentirse indigno. ¿Qué padre, o madre, o hermano, se siente indigno cuando pone su vida entera al servicio de su hija, de su hijo, o de su hermano, por más “perrerías” que estos les hagan, por más ingratitud que encuentre en ellos?

¡Qué grandeza la libertad cristiana! ¡Qué horizontes de vida liberada y liberadora los que nos abre el evangelio! ¡Qué paradójica la vida humana!

No, no hay contradicción entre ser libre y esclavo de los demás; entre ser “papa” y “siervo” de tus hermanos; al contrario, al ofrecernos este camino de libertad, el evangelio pone ante nosotros el verdadero camino de la realización humana, de la vida plena, de la felicidad.

Creo que en esta apretada síntesis: “papas” y “siervos”; encontramos muy bien reflejadas tanto la esencia como la práctica del protestantismo, un protestantismo que, si vive desde estos principios, será evidentemente una fe liberadora.

Una fe liberadora que no es más que un modo concreto y especial de encarnar la fe cristiana. Es evidente que lo dicho anteriormente, que la práctica del cristiano es una práctica de amor y de servicio a los demás, es algo que todas las confesiones cristianas comparten, es más, que es el núcleo de toda auténtica religión o espiritualidad.

Ahora bien, ¿cuáles son los acentos propios del protestantismo?, ¿cuáles son las características especiales que distinguen la fe protestante?

La práctica del protestantismo

Pues bien, yo creo que la práctica protestante tiene una sensibilidad especial para valorar todo aquello que fortalece y hace crecer la esencia del protestantismo. Es una práctica al servicio de una verdad: el amor incondicional de Dios al ser humano. Y por lo tanto, de la búsqueda de esa voluntad de vida de Dios para todos los seres humanos.

Si hay algo realmente decisivo para la iglesia de Jesucristo; si hay algo que es imprescindible discernir, también en pleno siglo XXI, es cómo la voluntad de vida de Dios para toda su creación se hace real y liberadora en nuestro mundo, aquí y ahora.

Y para ello, nada mejor que hacerlo con la Biblia en una mano y con el periódico en la otra, que diría el gran teólogo protestante Karl Barth. Fidelidad a la Palabra y fidelidad a la realidad.

Y ya que la fidelidad a la realidad nos viene mediada por las ciencias actuales, algo que el protestante reconoce sin ningún género de dudas; como cristianos nos corresponde hacer ver a nuestro mundo que la Palabra de Dios, también hoy en día, es fuerza liberadora y salvadora.

De ahí el primer rasgo de la práctica del protestantismo del siglo XXI:

El estudio de la Biblia, o el amor a la Palabra.

El estudio de la Biblia, porque es a través de ese estudio, que la Palabra de Dios nos alcanza. Y  por lo tanto, el estudio de la Biblia, para transformar nuestras vidas y la vida de nuestra iglesia y de nuestra sociedad.

Sí, el protestante del siglo XXI, cree que este mundo necesita urgentemente un cambio de rumbo, que este mundo está absolutamente perdido, que la desigualdad, la pobreza, la injusticia, la violencia, la miseria, la muerte de tantos inocentes, etc., es algo intolerable y evitable, algo que es la negación absoluta de Dios, y de su voluntad de vida.

Pues bien, hay quien cree en la ciencia para cambiar esta situación; hay quien cree en la cultura y la educación para cambiar esta situación; y por supuesto, también los protestantes creemos que la ciencia, la educación y la cultura, contribuyen enormemente a hacerlo. No somos enemigos de la ciencia, ni de la cultura, ni de la educación: todo lo contrario.

Pero también creemos que sin un desarrollo moral y espiritual del ser humano, la ciencia, la educación y la cultura, seguirán llevándonos hacia el abismo.

Ser protestante en el siglo XXI no es creer cosas raras, es creer que este mundo va hacia el abismo, y creer que las creencias de los seres humanos tienen un papel determinante en el rumbo que sigue la humanidad.

Y es aquí donde se añaden nuestras creencias propias, no antes. Es aquí cuando decimos que creemos que es necesario el desarrollo moral y espiritual de la humanidad, si queremos que ésta se salve del abismo.

Y es entonces cuando ofrecemos esa Palabra de Vida que nosotros oímos en el Evangelio, y es entonces cuando ofrecemos la Buena Noticia de Jesucristo, como camino de liberación y vida. Estamos convencidos, creemos firmemente, que con personas como Jesús de Nazaret, este mundo tiene solución.

Algunos piensan que el Evangelio es algo muy difícil de anunciar a nuestro mundo actual, desengañado después de 2.000 años de cristianismo. Pues bien, El Evangelio es algo tremendamente sencillo de definir y tremendamente difícil de practicar; y es ahí, realmente,  donde reside la dificultad de su anuncio, hoy, y siempre.

¿Qué es el evangelio?, ¿qué es el cristianismo? Algunos dirían que para responder estas preguntas habría que estudiar mucha teología. Pues bien, nada de eso. Me ratifico en lo que dije al principio. El cristianismo, el evangelio es, sencillamente, esto: Amar este mundo “de muerte”, hasta el punto de dar la vida por él.

Así es el Dios en el que Jesús de Nazaret creía; así vivió y murió Jesús de Nazaret; y está claro que con personas como Jesús de Nazaret, este mundo tiene solución.

Pues bien, no perdamos de vista cuál es la razón por la cual he dicho todo esto; y no es otra que afirmar que el estudio de la Biblia no tiene otro fin que formar personas como Jesús de Nazaret. De ahí el valor que su estudio tiene en la práctica del protestantismo.

¡Estar atentos a la Palabra de Dios, para proteger, afianzar y desarrollar la esencia del protestantismo: el amor de Dios que nos hace “papas” y “siervos”! ¡El amor de Dios, que nos hace amar este mundo, y estar dispuestos a dar la vida por él!

¡He ahí la primera característica de la práctica del protestantismo: su aprecio por el estudio de la Biblia!

Pues bien, creo que esta misma realidad está también presente en la segunda característica:

Un culto de reconocimiento, o de escucha de la Palabra.

Estar atentos a la Palabra de Dios es estar atentos a una Palabra que viene de mucho más allá de nosotros mismos, de mucho más allá de nuestra sabiduría, porque viene del centro de nosotros mismos, de lo más profundo y verdadero de nosotros mismos; pero ojo, no del centro “de cada uno” de nosotros, de manera individualista; sino del centro de todos nosotros juntos, del centro del conjunto de toda la humanidad: “Porque en Él vivimos, y existimos y somos” (Hch 17,28).

Creo que este es el motivo principal de los cultos protestantes. En el centro de nuestras celebraciones se encuentra la escucha de la Palabra de Dios, y no el rito de la eucaristía, que es lo que sucede en la misa católico-romana.

Escucha de la Palabra de Dios, es decir, discernimiento, acogida y obediencia de la Palabra de Dios.

El culto es, ante todo, una celebración que tiene como objetivo principal proteger, afianzar y desarrollar la fe protestante: la fe del creyente y la fe de la iglesia, a través de la escucha fiel de la Palabra de Dios.

No venimos al culto para hacer algo que presentamos a Dios. Y aunque tenga su lugar la adoración, la alabanza, la oración, etc., venimos al culto porque Dios nos convoca para darnos algo: una Palabra que nos renueve, que nos fortalezca; una Palabra  que nos ayude a vivir como hijos de Dios; una Palabra que nos haga vivir como Jesús de Nazaret; una Palabra que haga del amor el centro de nuestras vidas (Ef 3,17).

Ahora bien, si hay algo especial en la manera de entender el culto en el protestantismo, es el hecho de definirlo en función de Dios y no en función de nosotros mismos. ¡Allí donde la Palabra de Dios nos alcanza y nos transforma, allí hay culto!

Y esto puede producirse tanto en reuniones multitudinarias de creyentes, como en reuniones más reducidas: “allí donde dos o tres se reúnen en el nombre de Cristo, allí está él en medio de ellos”. Incluso puede producirse en la soledad de mi culto devocional: siempre y cuando sea escuchada, acogida y obedecida la Palabra de Dios.

De ahí el aprecio del protestante por el culto: por el culto eclesial, por el culto familiar, por el culto devocional.

Pues bien, en esta misma línea se sitúa la tercera característica de la práctica del  protestantismo, al entender la Iglesia como

Una iglesia de la Palabra, o que es obra de la Palabra de Dios.

Hay tres formas tradicionales de hacer referencia a la Iglesia: pueblo de Dios, cuerpo de Cristo y templo del Espíritu Santo.

Pues bien, si hay algo especial que distingue al protestante en su comprensión de la iglesia, es el hecho de enfatizar en la comprensión de la misma, su realidad espiritual o divina, en “detrimento” de su realidad humana o institucional.

Está claro que  la iglesia es pueblo, es cuerpo y es templo; y está claro que tiene que organizarse y existir como pueblo, como cuerpo y como templo; pero hay algo fundamental que la iglesia no puede perder de vista, so pena de perder su esencia: que es pueblo de Dios, cuerpo de Cristo, templo del Espíritu santo.

En nuestro mundo hay muchos pueblos; pues bien, entre ellos hay uno que es de Dios, y del cual forman parte todos aquellos seres humanos que viven de la Palabra de Dios.

La iglesia es, esencialmente, una realidad de Dios; es obra de su Palabra, es fruto de la comunión de vida con Cristo, y existe en la historia gracias al impulso y la acción de su Espíritu.

Y una vez que todo esto está en el centro de la iglesia, ésta tendrá que organizarse, estructurarse, empeñarse en mil tareas, etc., pero sin perder de vista lo que es su esencia; de ahí que todas las instituciones, obras, actividades, etc., que no tendrá más remedio que llevar a cabo, ¡todas!, deben estar modeladas por la Palabra y al servicio de la Palabra.

¡Somos obra de la Palabra y testigos de la Palabra! Ésta es la visión protestante de la iglesia.

Karl Barth lo dice de un modo muy bello e impactante: “La iglesia es la comunidad viviente del Cristo viviente. Comunidad dinámica de seres humanos que Dios hace vivir de su gracia y guía, por medio de su Palabra y de su Espíritu, de cara a su Reino… Frente al mundo, la iglesia es la comunidad viviente y visible que escucha la Palabra divina y responde a la misma, proponiéndola al mundo, con el consiguiente e inevitable escándalo”.

Este modo de “poner los acentos” en la comprensión de la iglesia tiene muchas consecuencias  prácticas que incluso en las iglesias protestantes se ignoran.

Una vida de responsabilidad, o la Palabra hecha amor.

Creo que esta característica está muy bien tratada por Lutero en su escrito “La libertad cristiana”; pues en él analiza las obras del cristiano en el marco de su vida de fe. Y lo primero que nos dice es que las obras del cristiano nunca pueden ser vistas en el contexto de nuestra  relación con Dios, sino que su contexto específico es el de nuestra existencia en el mundo, el de nuestra relación con nosotros mismos y con los demás.

Nuestras obras no tienen como fin ganarnos nuestra dignidad, nuestro reconocimiento, nuestra justificación. No, ante Dios siempre seremos “mendigos”, necesitados de amor incondicional. El que quiera justificar su vida gracias a sus obras, a sus méritos, a sus capacidades, a su riqueza o a su poder, terminará hundiéndose en una espiral de insatisfacción. Por este camino nunca tendrá suficiente, nunca se justificará.

Pero el que se sabe liberado por el amor de Dios, dejará de lado todo intento de autojustificación y aceptará que el valor y la dignidad del ser humano no dependen de sus obras; sino que es algo previo; y encontrará así la libertad de amar y ser amado; y será capaz de ver así el valor absoluto de todo ser humano, que nunca puede ser tratado como un medio sino siempre como un fin en sí mismo.

El protestantismo en el siglo XXI: una fe liberadora.

Esta comprensión protestante de la vida es la que nos lleva a entender la libertad, no como independencia  del otro, sino como liberación mutua a través de la entrega mutua. El cristiano no es libre contra el otro, o sin el otro; sino por el otro y con el otro.

La libertad triunfa allí donde triunfa la comunión y el amor; la libertad triunfa allí donde todos somos capaces de reconocernos, al mismo tiempo, “papas” y “siervos”. El Reino de vida de Dios se hace presente en la historia allí donde hay seres humanos capaces de vivir con la dignidad de un “papa” y de entregar su vida a los demás como un “siervo”, tal y como hizo Jesús de Nazaret, nuestro Señor y Salvador.

Y concluía yo mis estudios, y también así concluyo hoy,  diciendo: Hermanos, hermanas, que nuestra fe cristiana, hoy, en pleno siglo XXI, nos ayude a vivir la liberación y la salvación de Dios, transformado evangélicamente nuestras vidas, la vida de nuestras iglesias y la vida de nuestra sociedad. Que así sea. Gracias por vuestra atención.